Las
acciones militares en el Caribe y en el estrecho de Taiwán demostraron que cada
potencia está dispuesta a defender su espacio vital, sus rutas estratégicas y
su esfera de influencia ampliada.
El giro estratégico que marcó un nuevo viraje en el orden
geopolítico mundial no empezó en una trinchera del Donbás en Ucrania, ni en una
ciudad arrasada en la Franja de Gaza, sino en el despacho de la Casa Blanca. El
4 de diciembre de 2025, Washington publicó su nueva Estrategia de Seguridad
Nacional y dejó por escrito algo que llevaba años insinuando: China ya no es
solo un socio incómodo o un rival comercial, sino el competidor sistémico
frente al cual se ordenan las prioridades militares, económicas y tecnológicas
de los Estados Unidos.
Esa ESN reactualiza en clave de siglo XXI la vieja
Doctrina Monroe: coloca el control de fronteras, la contención migratoria y la
protección de las cadenas de suministro en el centro de la agenda y reafirma
que la primacía global norteamericana sigue siendo un objetivo, no un legado
que se da por descontado. Diez días más tarde, Pekín no tardó en presentar su
respuesta: El Libro Blanco sobre Seguridad Nacional, fue definido como el guion
alternativo para un mundo en desorden: proclamar a China como un polo de
estabilidad, introducir la noción de “seguridad nacional integral” —que va
desde lo militar hasta lo cultural, pasando por lo tecnológico y lo
informacional— y legitima la modernización acelerada del Ejército Popular de
Liberación como herramienta para proteger rutas marítimas, territorios
disputados y el proyecto de “rejuvenecimiento nacional” del Partido Comunista.
Frente a la franqueza hegemónica de Washington, Pekín
ofrece un relato de multipolaridad cooperativa, pero anclado en una expansión
muy concreta de bases, puertos, infraestructuras y capacidades de proyección a
larga distancia. Solo entonces, cuando los dos libretos doctrinales estaban
sobre la mesa, llegaron las acciones: En la última semana de diciembre de 2025
en el estrecho de Taiwán, China cercó la isla con buques, aviones y baterías de
misiles de medio alcance como instrumentos en las maniobras de la operación
Justice Mission‑2025, considerada por
expertos como una de las más extensas desde el inicio de la crisis, ensayando
bloqueos a puertos, ataques de precisión sobre 12 puntos estratégicos
previamente establecidos y la capacidad de cortar rutas aéreas y marítimas
alrededor de Taiwán. El despliegue de decenas de buques, al menos 90 despegues
aéreos —entre aviones tripulados y drones—, horas de fuego real y una campaña
propagandística milimétricamente planeada, fue leído en Washington y en las
capitales aliadas del Indo‑Pacífico no solo como
un gesto teatral, sino como un ensayo serio de control simultáneo de los ejes
estratégicos que sostienen a la isla.
En esta oportunidad y conforme a la inteligencia
estadounidense, hubo una variable que cambió el discurso: el lanzamiento real
de misiles de mediano alcance sobre blancos simulados y sintéticos en el mar.
El mensaje para la Casa Blanca fue claramente recibido. La reacción de
Washington, materializada el 3 de enero de 2026, no debe interpretarse como un
gesto improvisado ni como una mera demostración de poderío militar. El
desplazamiento del tablero geopolítico hacia el Caribe marcó una línea de
partida en una serie de eventos que definirán el futuro del hemisferio. La
Doctrina Monroe dejó de operar como marco discursivo y pasó a expresarse como
doctrina de acción. Bajo el paraguas de la Operation Southern Spear, el
despliegue del USS Gerald R. Ford y su grupo de ataque frente a las costas de
Venezuela no buscaba iniciar un conflicto abierto, sino establecer límites
claros a la penetración estratégica de potencias extrahemisféricas en el
entorno inmediato de Estados Unidos.
La fase siguiente, ejecutada bajo la Operation Absolute
Resolve, profundizó esa lógica. Desde la Casa Blanca, la captura de Nicolás
Maduro no se lee como la simple caída de un brutal dictador incómodo, sino como
la neutralización de un nodo estratégico que articulaba el contrabando de
petróleo, el manejo de la deuda, las alianzas extrahemisféricas enemigas de
Washington y las economías criminales que aún subsisten en el corazón del
Caribe.
Al ejecutar una decapitación quirúrgica que traslada al
exmandatario de Miraflores a un estrado de la Corte Federal del Distrito Sur de
Nueva York, Washington envía tres mensajes simultáneos: que está dispuesto a
intervenir directamente para impedir que China consolide un proveedor de crudo
barato y políticamente alineado en su “patio trasero”; que no tolerará
plataformas de convergencia entre Pekín, Teherán, Moscú y redes ilícitas en su
esfera tradicional de influencia; y que la Doctrina Monroe, reescrita en la
Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, ya no es una nostalgia doctrinal,
sino un marco operativo. “Fue un aviso a los navegantes” de una maniobra
geopolítica con alto impacto.
El “madurismo sin Maduro” que queda atrás no es un vacío
de poder, y al mejor estilo de Max Weber, es un régimen descabezado, obligado a
reacomodar sus élites militares, partidistas y económicas bajo presión externa,
con menos margen frente a los Estados Unidos y menor capacidad de ofrecer a
China y en parte a Rusia, el mismo nivel de lealtad estratégica, convirtiéndose
en advertencia práctica para cualquier gobierno latinoamericano que crea que
puede desafiar simultáneamente a Washington y apostar su futuro a la protección
de Pekín.
Vistas en espejo y en un plano totalmente comparativo,
las maniobras de “Justice Mission‑2025” alrededor de
Taiwán y la Operation Southern Spear en el Caribe obedecen a la misma lógica de
fondo: demostrar que cada potencia está dispuesta a defender su espacio vital,
sus rutas estratégicas y su esfera de influencia ampliada. China ensaya un
bloqueo calibrado sobre una isla que es, a la vez, corazón tecnológico y símbolo
político; Estados Unidos despliega su poder naval y multidominio frente a un régimen
que considera pieza de una penetración extrahemisférica que vulnera la
reedición monroísta de su hegemonía regional. En ambos casos, el mensaje es
nítido: el tiempo de la ambigüedad estratégica se acorta y la competencia deja
de ser solo comercial o diplomática para adoptar una textura crecientemente
militarizada.
Mientras estas demostraciones de fuerza se desarrollaban
en extremos opuestos del planeta, Colombia no ocupaba titulares ni concentraba
flotas. Sin embargo, sería un error leer su papel como marginal. Colombia es
hoy uno de los espacios estratégicos más sensibles del hemisferio occidental,
no por lo que exhibe, sino por lo que permite, condiciona y proyecta. Su valor
no reside únicamente en la geografía —puente natural entre el Caribe, el
Pacífico y Sudamérica— sino en su función estructural dentro de la arquitectura
de seguridad estadounidense y al mismo tiempo un conjunto de planos de
oportunidad, esto Washington lo sabe perfectamente. Para China Colombia es, en
términos prácticos, una de las plataformas más confiables y de alta proyección
geopolítica en una región que vuelve a ser concebida como clave en las esferas
vitales de muchas potencias. Sin embargo, es fundamental tener presente que el
pulso entre Washington y Pekín no termina en el Caribe ni en el estrecho de
Taiwán: sus ondas de choque ya se sienten en Europa, en el Oriente Medio y
hasta en el hielo del Ártico. Trump ha comenzado a mover las piezas con una
lógica que va mucho más allá de la retórica sobre dictaduras y narcoterrorismo:
utiliza el petróleo como arma estratégica para apretar a China y reordenar la
arquitectura regional bajo intereses convergentes en Washington.
El control de Venezuela es un golpe directo al cordón
umbilical energético entre Caracas y Pekín: China llegó a comprar más de la
mitad del crudo exportado por Maduro, buena parte en pago de deuda, y ahora se
encuentra ante un bloqueo que desvía hasta decenas de millones de barriles
hacia empresas estadounidenses, que deciden cuánto se produce, a quién se vende
y en qué condiciones. Al mismo tiempo, la nueva estrategia para Irán retoma la
“máxima presión” con un giro más nítido: impedir que el segundo gran proveedor
descontado de crudo a China pueda seguir usando redes de evasión de sanciones y
triangulación con Venezuela, combinando sanciones financieras, sabotaje a las
rutas logísticas y la amenaza explícita de ataques a la infraestructura
petrolera iraní, mientras Israel actúa como punta de lanza militar y política
en el teatro regional.
De este modo, tras limpiar el tablero en el Caribe, la
Casa Blanca busca cerrar la pinza en el Golfo Pérsico, reduciendo al mínimo el
margen de maniobra energético de Pekín y aspirando a reposicionarse como
árbitro de precios y rutas del petróleo mundial. Sin embargo, sería un error
interpretar este pulso como una confrontación confinada a Asia y al hemisferio
occidental. La rivalidad entre Estados Unidos y China se despliega hoy como una
secuencia geográfica coherente, donde cada región cumple una función específica.
Europa no es el epicentro de la competencia sistémica, sino su frente de
desgaste.
Mientras tanto, la guerra en Ucrania, más allá de su
tragedia humana y territorial, ha operado como un mecanismo prolongado de
presión estratégica sobre Rusia, al tiempo que ha obligado a las economías
europeas a reconfigurar de manera abrupta su dependencia energética, su
industria de defensa y su autonomía política.
Las declaraciones cruzadas en el Foro Económico Mundial
en Davos Suiza el pasado 21 de enero, no deben interpretarse como un simple
desacuerdo entre aliados, sino como la manifestación explícita de un
reordenamiento estratégico ya en marcha. El presidente Donald Trump fue el más
claro al plantear negociaciones inmediatas sobre Groenlandia y la propuesta de
una Junta de Paz que, en la práctica, desplace el papel de la ONU como árbitro
central en el mundo: con estos gestos trasladó la lógica de la Doctrina Monroe
fuera de su geografía histórica y la convirtió en un principio operativo
global, donde la seguridad estadounidense se erige como el criterio legítimo
para redefinir soberanías en espacios críticos frente a China y Rusia.
La reacción europea fue de incomodidad, pero no de
ruptura. Frente a las declaraciones de Washington en Davos, las capitales
europeas optaron por una respuesta calibrada: defender principios formales
—integridad territorial, reglas comerciales, autonomía estratégica— en algunos
casos sugirieron preparar la “Bazuka comercial”, sin escalar el desacuerdo
hacia una confrontación abierta. El mensaje fue inequívoco: Europa entiende que
la lógica de la protección ha cambiado y que el acceso al paraguas estratégico
estadounidense ya no es automático ni gratuito. El comercio dejó de ser un
espacio neutral y pasó a integrarse en una arquitectura de poder donde
aranceles, seguridad y alineamientos políticos convergen. En conjunto, Davos
confirmó que la Doctrina Monroe ha mutado en alcance y método: ya no se limita
a blindar el hemisferio occidental, sino que se proyecta sobre entornos
estratégicos ampliados, utilizando el mercado, la seguridad y la presión
económica como instrumentos para forzar alineamientos funcionales en una
competencia global cada vez menos regulada. En ese escenario, Washington ha
logrado algo que Pekín observa con atención: mantener a Europa alineada,
cohesionada y absorbida en un conflicto de alta intensidad que consume
recursos, atención estratégica y capital político, sin arrastrar directamente a
China al enfrentamiento. El continente europeo funciona, así como un espacio de
contención indirecta, donde el equilibrio no se busca mediante victorias
decisivas, sino a través del desgaste controlado y la prolongación del
conflicto.
De regreso a América Latina, el hemisferio se ha
convertido en uno de los principales escenarios de la competencia geoeconómica
entre Estados Unidos y China, no mediante despliegues militares, sino a través
del comercio, el financiamiento y la infraestructura crítica. En las dos
últimas décadas, China ha canalizado hacia la región volúmenes masivos de
intercambio, préstamos e inversiones concentradas en energía, minería,
transporte, telecomunicaciones y logística. El efecto es estructural: Pekín se
ha consolidado como el segundo socio comercial de América Latina y el primero
de Sudamérica, desplazando a Estados Unidos en economías clave y reconfigurando
flujos comerciales y alineamientos estratégicos a largo plazo mediante
megaproyectos de infraestructura. Brasil, Chile, Perú y Ecuador y la misma
argentina de Milei son ejemplos tácitos de una inversión cercana a 500 mil
millones de dólares en las últimas dos décadas.
Para Washington, el desafío no radica solo en el volumen
del capital chino, sino en su arquitectura financiera y sus efectos políticos.
Experiencias como la de Sri Lanka operan como advertencia: cuando el
endeudamiento opaco se combina con asimetrías de poder, la inversión puede
derivar en pérdida de control soberano sobre activos críticos. En ese marco, la
Doctrina Monroe reconfigurada no busca expulsar a China de la región —una tarea
inviable—, sino contener la traducción de su presencia económica en influencia
política irreversible. América Latina deja así de ser un espacio periférico y
se convierte en retaguardia estratégica, donde la competencia se define por el
control de nodos críticos cuando las deudas vencen.
En este tablero global en recomposición, Colombia no es
un actor menor ni un espectador pasivo. Es uno de los pocos países de América
Latina que concentra simultáneamente valor geográfico, peso político, capacidad
institucional y proyección estratégica, lo que la convierte en una pieza de
alto interés tanto para Washington como para Pekín. Para Estados Unidos,
Colombia sigue siendo el principal socio estratégico y al mismo tiempo un punto
de anclaje para la estabilidad en un hemisferio crecientemente fragmentado. No
nos podemos llamar a engaños: la historia reciente de Colombia sería muy
distinta sin el apoyo recibido de Estados Unidos, materializado en el Plan
Colombia. En el otro extremo para China, representa una frontera aún abierta
donde la infraestructura, el comercio y el financiamiento podrían erosionar,
por primera vez, el corazón de la arquitectura hemisférica estadounidense.
En ese contexto y con amplias expectativas clavadas en el
futuro, la visita del presidente Gustavo Petro en el ocaso de su gobierno a la
Casa Blanca el próximo 2 de febrero, trasciende cualquier gesto protocolario.
Se trata de una audiencia estratégica observada con atención en ambas
capitales, donde se pondrá a prueba si Colombia comprende —y asume— el momento
histórico que atraviesa el sistema internacional. En un escenario de
competencia abierta entre grandes potencias, la ambigüedad a solo 6 meses que restan
de gobierno, ya no es una política viable: es una forma silenciosa de perder
margen de maniobra con consecuencias aún por descubrir.
El contexto no es cómodo. Las fricciones previas entre
Trump y Petro, los cruces verbales y la desconfianza acumulada convierten el
encuentro en un ejercicio de rendición de cuentas más que en una conversación
entre aliados. En el Salón Oval y conforme a sus intereses, no se evalúan
discursos ni afinidades ideológicas, ni frases grandilocuentes, sino
resultados, cifras certeras aterrizadas y no maquilladas, totalmente alineadas
a una realidad innegable y totalmente coherentes a lo que en el territorio se
predica y vive. Es innegable que temas tales como el Narcotráfico, la migración
ilegal, la paz total fracasada, Venezuela y sus grupos criminales tutelados, y
los vínculos de Colombia con China no serán temas secundarios, sino indicadores
directos de confiabilidad estratégica.
Corresponderá entonces al próximo gobierno de Colombia
enfrentar, en última instancia, una decisión histórica. Puede asumir su
condición de Estado bisagra consciente, capaz de cooperar, diversificar su
economía y negociar sin subordinación, o puede convertirse en un simple espacio
de disputa donde otros deciden. La pregunta que cierra esta columna no es quién
ganará la pugna entre Estados Unidos y China, sino qué países conservarán la
capacidad de decir SI cuando conviene y NO cuando es necesario.
Colombia, todavía, está a tiempo de ser uno de ellos.
Tomado
de: https://www.semana.com/opinion/articulo/colombia-entre-dos-fuegos-de-la-geopolitica-mundial-entre-la-doctrina-monroe-y-la-ofensiva-china/202659/
Vicealmirante (RA) Antonio José Martínez Olmos
NOTA: