lunes, 26 de enero de 2026

Colombia entre dos fuegos de la geopolítica mundial: la Doctrina Monroe y la Ofensiva China

 Las acciones militares en el Caribe y en el estrecho de Taiwán demostraron que cada potencia está dispuesta a defender su espacio vital, sus rutas estratégicas y su esfera de influencia ampliada.

El giro estratégico que marcó un nuevo viraje en el orden geopolítico mundial no empezó en una trinchera del Donbás en Ucrania, ni en una ciudad arrasada en la Franja de Gaza, sino en el despacho de la Casa Blanca. El 4 de diciembre de 2025, Washington publicó su nueva Estrategia de Seguridad Nacional y dejó por escrito algo que llevaba años insinuando: China ya no es solo un socio incómodo o un rival comercial, sino el competidor sistémico frente al cual se ordenan las prioridades militares, económicas y tecnológicas de los Estados Unidos.

Esa ESN reactualiza en clave de siglo XXI la vieja Doctrina Monroe: coloca el control de fronteras, la contención migratoria y la protección de las cadenas de suministro en el centro de la agenda y reafirma que la primacía global norteamericana sigue siendo un objetivo, no un legado que se da por descontado. Diez días más tarde, Pekín no tardó en presentar su respuesta: El Libro Blanco sobre Seguridad Nacional, fue definido como el guion alternativo para un mundo en desorden: proclamar a China como un polo de estabilidad, introducir la noción de “seguridad nacional integral” —que va desde lo militar hasta lo cultural, pasando por lo tecnológico y lo informacional— y legitima la modernización acelerada del Ejército Popular de Liberación como herramienta para proteger rutas marítimas, territorios disputados y el proyecto de “rejuvenecimiento nacional” del Partido Comunista.

Frente a la franqueza hegemónica de Washington, Pekín ofrece un relato de multipolaridad cooperativa, pero anclado en una expansión muy concreta de bases, puertos, infraestructuras y capacidades de proyección a larga distancia. Solo entonces, cuando los dos libretos doctrinales estaban sobre la mesa, llegaron las acciones: En la última semana de diciembre de 2025 en el estrecho de Taiwán, China cercó la isla con buques, aviones y baterías de misiles de medio alcance como instrumentos en las maniobras de la operación Justice Mission2025, considerada por expertos como una de las más extensas desde el inicio de la crisis, ensayando bloqueos a puertos, ataques de precisión sobre 12 puntos estratégicos previamente establecidos y la capacidad de cortar rutas aéreas y marítimas alrededor de Taiwán. El despliegue de decenas de buques, al menos 90 despegues aéreos —entre aviones tripulados y drones—, horas de fuego real y una campaña propagandística milimétricamente planeada, fue leído en Washington y en las capitales aliadas del IndoPacífico no solo como un gesto teatral, sino como un ensayo serio de control simultáneo de los ejes estratégicos que sostienen a la isla.

En esta oportunidad y conforme a la inteligencia estadounidense, hubo una variable que cambió el discurso: el lanzamiento real de misiles de mediano alcance sobre blancos simulados y sintéticos en el mar. El mensaje para la Casa Blanca fue claramente recibido. La reacción de Washington, materializada el 3 de enero de 2026, no debe interpretarse como un gesto improvisado ni como una mera demostración de poderío militar. El desplazamiento del tablero geopolítico hacia el Caribe marcó una línea de partida en una serie de eventos que definirán el futuro del hemisferio. La Doctrina Monroe dejó de operar como marco discursivo y pasó a expresarse como doctrina de acción. Bajo el paraguas de la Operation Southern Spear, el despliegue del USS Gerald R. Ford y su grupo de ataque frente a las costas de Venezuela no buscaba iniciar un conflicto abierto, sino establecer límites claros a la penetración estratégica de potencias extrahemisféricas en el entorno inmediato de Estados Unidos.

La fase siguiente, ejecutada bajo la Operation Absolute Resolve, profundizó esa lógica. Desde la Casa Blanca, la captura de Nicolás Maduro no se lee como la simple caída de un brutal dictador incómodo, sino como la neutralización de un nodo estratégico que articulaba el contrabando de petróleo, el manejo de la deuda, las alianzas extrahemisféricas enemigas de Washington y las economías criminales que aún subsisten en el corazón del Caribe.

Al ejecutar una decapitación quirúrgica que traslada al exmandatario de Miraflores a un estrado de la Corte Federal del Distrito Sur de Nueva York, Washington envía tres mensajes simultáneos: que está dispuesto a intervenir directamente para impedir que China consolide un proveedor de crudo barato y políticamente alineado en su “patio trasero”; que no tolerará plataformas de convergencia entre Pekín, Teherán, Moscú y redes ilícitas en su esfera tradicional de influencia; y que la Doctrina Monroe, reescrita en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, ya no es una nostalgia doctrinal, sino un marco operativo. “Fue un aviso a los navegantes” de una maniobra geopolítica con alto impacto.

El “madurismo sin Maduro” que queda atrás no es un vacío de poder, y al mejor estilo de Max Weber, es un régimen descabezado, obligado a reacomodar sus élites militares, partidistas y económicas bajo presión externa, con menos margen frente a los Estados Unidos y menor capacidad de ofrecer a China y en parte a Rusia, el mismo nivel de lealtad estratégica, convirtiéndose en advertencia práctica para cualquier gobierno latinoamericano que crea que puede desafiar simultáneamente a Washington y apostar su futuro a la protección de Pekín.

Vistas en espejo y en un plano totalmente comparativo, las maniobras de “Justice Mission2025” alrededor de Taiwán y la Operation Southern Spear en el Caribe obedecen a la misma lógica de fondo: demostrar que cada potencia está dispuesta a defender su espacio vital, sus rutas estratégicas y su esfera de influencia ampliada. China ensaya un bloqueo calibrado sobre una isla que es, a la vez, corazón tecnológico y símbolo político; Estados Unidos despliega su poder naval y multidominio frente a un régimen que considera pieza de una penetración extrahemisférica que vulnera la reedición monroísta de su hegemonía regional. En ambos casos, el mensaje es nítido: el tiempo de la ambigüedad estratégica se acorta y la competencia deja de ser solo comercial o diplomática para adoptar una textura crecientemente militarizada.

Mientras estas demostraciones de fuerza se desarrollaban en extremos opuestos del planeta, Colombia no ocupaba titulares ni concentraba flotas. Sin embargo, sería un error leer su papel como marginal. Colombia es hoy uno de los espacios estratégicos más sensibles del hemisferio occidental, no por lo que exhibe, sino por lo que permite, condiciona y proyecta. Su valor no reside únicamente en la geografía —puente natural entre el Caribe, el Pacífico y Sudamérica— sino en su función estructural dentro de la arquitectura de seguridad estadounidense y al mismo tiempo un conjunto de planos de oportunidad, esto Washington lo sabe perfectamente. Para China Colombia es, en términos prácticos, una de las plataformas más confiables y de alta proyección geopolítica en una región que vuelve a ser concebida como clave en las esferas vitales de muchas potencias. Sin embargo, es fundamental tener presente que el pulso entre Washington y Pekín no termina en el Caribe ni en el estrecho de Taiwán: sus ondas de choque ya se sienten en Europa, en el Oriente Medio y hasta en el hielo del Ártico. Trump ha comenzado a mover las piezas con una lógica que va mucho más allá de la retórica sobre dictaduras y narcoterrorismo: utiliza el petróleo como arma estratégica para apretar a China y reordenar la arquitectura regional bajo intereses convergentes en Washington.

El control de Venezuela es un golpe directo al cordón umbilical energético entre Caracas y Pekín: China llegó a comprar más de la mitad del crudo exportado por Maduro, buena parte en pago de deuda, y ahora se encuentra ante un bloqueo que desvía hasta decenas de millones de barriles hacia empresas estadounidenses, que deciden cuánto se produce, a quién se vende y en qué condiciones. Al mismo tiempo, la nueva estrategia para Irán retoma la “máxima presión” con un giro más nítido: impedir que el segundo gran proveedor descontado de crudo a China pueda seguir usando redes de evasión de sanciones y triangulación con Venezuela, combinando sanciones financieras, sabotaje a las rutas logísticas y la amenaza explícita de ataques a la infraestructura petrolera iraní, mientras Israel actúa como punta de lanza militar y política en el teatro regional.

De este modo, tras limpiar el tablero en el Caribe, la Casa Blanca busca cerrar la pinza en el Golfo Pérsico, reduciendo al mínimo el margen de maniobra energético de Pekín y aspirando a reposicionarse como árbitro de precios y rutas del petróleo mundial. Sin embargo, sería un error interpretar este pulso como una confrontación confinada a Asia y al hemisferio occidental. La rivalidad entre Estados Unidos y China se despliega hoy como una secuencia geográfica coherente, donde cada región cumple una función específica. Europa no es el epicentro de la competencia sistémica, sino su frente de desgaste.

Mientras tanto, la guerra en Ucrania, más allá de su tragedia humana y territorial, ha operado como un mecanismo prolongado de presión estratégica sobre Rusia, al tiempo que ha obligado a las economías europeas a reconfigurar de manera abrupta su dependencia energética, su industria de defensa y su autonomía política.

Las declaraciones cruzadas en el Foro Económico Mundial en Davos Suiza el pasado 21 de enero, no deben interpretarse como un simple desacuerdo entre aliados, sino como la manifestación explícita de un reordenamiento estratégico ya en marcha. El presidente Donald Trump fue el más claro al plantear negociaciones inmediatas sobre Groenlandia y la propuesta de una Junta de Paz que, en la práctica, desplace el papel de la ONU como árbitro central en el mundo: con estos gestos trasladó la lógica de la Doctrina Monroe fuera de su geografía histórica y la convirtió en un principio operativo global, donde la seguridad estadounidense se erige como el criterio legítimo para redefinir soberanías en espacios críticos frente a China y Rusia.

La reacción europea fue de incomodidad, pero no de ruptura. Frente a las declaraciones de Washington en Davos, las capitales europeas optaron por una respuesta calibrada: defender principios formales —integridad territorial, reglas comerciales, autonomía estratégica— en algunos casos sugirieron preparar la “Bazuka comercial”, sin escalar el desacuerdo hacia una confrontación abierta. El mensaje fue inequívoco: Europa entiende que la lógica de la protección ha cambiado y que el acceso al paraguas estratégico estadounidense ya no es automático ni gratuito. El comercio dejó de ser un espacio neutral y pasó a integrarse en una arquitectura de poder donde aranceles, seguridad y alineamientos políticos convergen. En conjunto, Davos confirmó que la Doctrina Monroe ha mutado en alcance y método: ya no se limita a blindar el hemisferio occidental, sino que se proyecta sobre entornos estratégicos ampliados, utilizando el mercado, la seguridad y la presión económica como instrumentos para forzar alineamientos funcionales en una competencia global cada vez menos regulada. En ese escenario, Washington ha logrado algo que Pekín observa con atención: mantener a Europa alineada, cohesionada y absorbida en un conflicto de alta intensidad que consume recursos, atención estratégica y capital político, sin arrastrar directamente a China al enfrentamiento. El continente europeo funciona, así como un espacio de contención indirecta, donde el equilibrio no se busca mediante victorias decisivas, sino a través del desgaste controlado y la prolongación del conflicto.

De regreso a América Latina, el hemisferio se ha convertido en uno de los principales escenarios de la competencia geoeconómica entre Estados Unidos y China, no mediante despliegues militares, sino a través del comercio, el financiamiento y la infraestructura crítica. En las dos últimas décadas, China ha canalizado hacia la región volúmenes masivos de intercambio, préstamos e inversiones concentradas en energía, minería, transporte, telecomunicaciones y logística. El efecto es estructural: Pekín se ha consolidado como el segundo socio comercial de América Latina y el primero de Sudamérica, desplazando a Estados Unidos en economías clave y reconfigurando flujos comerciales y alineamientos estratégicos a largo plazo mediante megaproyectos de infraestructura. Brasil, Chile, Perú y Ecuador y la misma argentina de Milei son ejemplos tácitos de una inversión cercana a 500 mil millones de dólares en las últimas dos décadas.

Para Washington, el desafío no radica solo en el volumen del capital chino, sino en su arquitectura financiera y sus efectos políticos. Experiencias como la de Sri Lanka operan como advertencia: cuando el endeudamiento opaco se combina con asimetrías de poder, la inversión puede derivar en pérdida de control soberano sobre activos críticos. En ese marco, la Doctrina Monroe reconfigurada no busca expulsar a China de la región —una tarea inviable—, sino contener la traducción de su presencia económica en influencia política irreversible. América Latina deja así de ser un espacio periférico y se convierte en retaguardia estratégica, donde la competencia se define por el control de nodos críticos cuando las deudas vencen.

En este tablero global en recomposición, Colombia no es un actor menor ni un espectador pasivo. Es uno de los pocos países de América Latina que concentra simultáneamente valor geográfico, peso político, capacidad institucional y proyección estratégica, lo que la convierte en una pieza de alto interés tanto para Washington como para Pekín. Para Estados Unidos, Colombia sigue siendo el principal socio estratégico y al mismo tiempo un punto de anclaje para la estabilidad en un hemisferio crecientemente fragmentado. No nos podemos llamar a engaños: la historia reciente de Colombia sería muy distinta sin el apoyo recibido de Estados Unidos, materializado en el Plan Colombia. En el otro extremo para China, representa una frontera aún abierta donde la infraestructura, el comercio y el financiamiento podrían erosionar, por primera vez, el corazón de la arquitectura hemisférica estadounidense.

En ese contexto y con amplias expectativas clavadas en el futuro, la visita del presidente Gustavo Petro en el ocaso de su gobierno a la Casa Blanca el próximo 2 de febrero, trasciende cualquier gesto protocolario. Se trata de una audiencia estratégica observada con atención en ambas capitales, donde se pondrá a prueba si Colombia comprende —y asume— el momento histórico que atraviesa el sistema internacional. En un escenario de competencia abierta entre grandes potencias, la ambigüedad a solo 6 meses que restan de gobierno, ya no es una política viable: es una forma silenciosa de perder margen de maniobra con consecuencias aún por descubrir.

El contexto no es cómodo. Las fricciones previas entre Trump y Petro, los cruces verbales y la desconfianza acumulada convierten el encuentro en un ejercicio de rendición de cuentas más que en una conversación entre aliados. En el Salón Oval y conforme a sus intereses, no se evalúan discursos ni afinidades ideológicas, ni frases grandilocuentes, sino resultados, cifras certeras aterrizadas y no maquilladas, totalmente alineadas a una realidad innegable y totalmente coherentes a lo que en el territorio se predica y vive. Es innegable que temas tales como el Narcotráfico, la migración ilegal, la paz total fracasada, Venezuela y sus grupos criminales tutelados, y los vínculos de Colombia con China no serán temas secundarios, sino indicadores directos de confiabilidad estratégica.

Corresponderá entonces al próximo gobierno de Colombia enfrentar, en última instancia, una decisión histórica. Puede asumir su condición de Estado bisagra consciente, capaz de cooperar, diversificar su economía y negociar sin subordinación, o puede convertirse en un simple espacio de disputa donde otros deciden. La pregunta que cierra esta columna no es quién ganará la pugna entre Estados Unidos y China, sino qué países conservarán la capacidad de decir SI cuando conviene y NO cuando es necesario.

Colombia, todavía, está a tiempo de ser uno de ellos.

Tomado de: https://www.semana.com/opinion/articulo/colombia-entre-dos-fuegos-de-la-geopolitica-mundial-entre-la-doctrina-monroe-y-la-ofensiva-china/202659/

Vicealmirante (RA) Antonio José Martínez Olmos

NOTA:

 

 


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