sábado, 21 de febrero de 2026

Guerra de drones: SEMANA recorrió el Catatumbo y evidenció la violenta confrontación aérea entre las disidencias de las Farc y el ELN. La población civil está abandonada

 

Una confrontación aérea con explosivos entre el ELN y las disidencias de las Farc siembra el terror en el Catatumbo. SEMANA recorrió la zona y evidenció esta nueva fase del conflicto que azota a la población civil y tiene en jaque al Gobierno.

SEMANA confirmó cómo los drones de las Farc y del ELN destrozan viviendas, aumentan el número de víctimas y generan desolación. Donde cae un explosivo, nadie vuelve a recorrer las ruinas. Foto: SEMANA

Oraron, cenaron temprano y se marcharon a la cama sobre las nueve de la noche. Minutos más tarde, un estruendo sacudió la vivienda, en el caserío 20 de Julio, en Versalles, una vereda de Tibú, Norte de Santander, en la frontera entre Colombia y Venezuela. Allí, en la región del Catatumbo, se libra una cruenta e inusual guerra de drones entre el ELN y las disidencias de las Farc que hasta ahora Colombia empieza a dimensionar.

El hermano de Flor salió al patio y ondeó una bandera blanca en señal de paz, una práctica usual en el Catatumbo en medio de la guerra. Pero, trágicamente, eso jugó en su contra. El dron y su particular ruido, similar al de un cucarrón, se dirigió hacia la vivienda y descargó otro bombazo, mucho más fuerte, más cercano, esta vez en el cuarto donde estaba Flor. Destrozó el techo, las paredes y los enseres de la casa. Las esquirlas se incrustaron en la pierna izquierda de Flor, en el brazo de su hija de 13 años, en la espalda de su hijo de 17 años e hirió de gravedad a su sobrino.

Ese día, Flor, la mayor de la familia, terminó sentada en la punta de su cama, aturdida, pensando en sus otros 11 familiares que dormían bajo el mismo techo. “¡Dios mío!”, exclamó la mujer.

Un dron, del ELN o del frente 33 de las disidencias de las Farc, cayó en el patio del predio. Ocurrió el 15 de mayo del año pasado, cuando se desató esta confrontación aérea que abre un nuevo capítulo de la guerra en el país. Hubo heridos y daños materiales. La mujer, además, perdió un centenar de animales, entre gallinas, pavos y patos. Muchos murieron al instante.

Atemorizados, los 12 integrantes de la familia huyeron hacia una caverna, a orillas de una quebrada ubicada a pocos metros de la finca. Se escondieron y pasaron la noche, con las piernas dentro del agua, desesperados por el frío y el temor de que les cayera encima otro explosivo. “Oré, le pedí a Dios que lloviera con tempestad porque era la única forma de que no sobrevolaran el dron. Y se hizo el milagro”, recordó la mujer, en medio de las lágrimas.

Cuando amaneció, salieron del refugio. Se subieron a sus motos y viajaron a Orú, un corregimiento de El Tarra, donde fueron atendidos en un puesto de salud y trasladados a Cúcuta, donde hoy viven. El Gobierno de Gustavo Petro no les pagó arriendo y tampoco han recibido un subsidio por su casa destruida o por convertirse en víctimas. Solo han llegado algunos mercados. “¿Quién responde?”, se pregunta la mujer. “Nadie”, se responde ella misma en su escepticismo. Hoy no tiene la certeza de si el dron, con el explosivo colgado a un alambre, lo piloteaba un integrante del ELN o de las disidencias de las Farc. También desconoce si se trató de un dispositivo volador controlado con capacidad para transportar hasta tres bombas. Y prefiere no saberlo.

SEMANA recorrió el Catatumbo y comprobó cómo, en Versalles, Filo Gringo, Pacelli y El Tarra, el ELN y las Farc libran una guerra sangrienta con drones, dispositivos cuya venta controlan, supuestamente, las autoridades en Tibú.

Ambos grupos criminales comenzaron a usar esta poderosa arma aérea a raíz del conflicto entre Rusia y Ucrania. Les resulta más económica y pierden menos hombres que en la guerra habitual, según dicen integrantes de los dos grupos armados que están enfrentados. La violencia es tal que solo el año pasado 50.000 personas fueron desplazadas. El problema de esta guerra de drones es que las corrientes de viento, una maniobra equivocada y el peso de los explosivos han causado varias tragedias entre los civiles.

Todos hablan de los drones

Esta es una región selvática, inhóspita, de caminos de herradura y con montañas cubiertas por árboles gigantescos que esconden una naturaleza prodigiosa. Hay grandes nacederos de agua, cascadas de postal, pero a donde el Estado, históricamente, nunca ha llegado. El Gobierno Petro tampoco llegó, como lo reclaman los habitantes.

En la zona todos hablan de los drones, incluyendo los niños, los más inocentes, para referirse a una nueva modalidad de la guerra que parece no importarle al país. Más de un año después de desatarse una lucha por el negocio del narcotráfico entre el ELN y las disidencias de las Farc, pocos miran hacia el Catatumbo. Y las comunidades, en medio del conflicto, pagan la peor cuenta.

Un niño de 10 años le contó a SEMANA cómo se encontró con dos drones enfrentados en el aire, como si se tratara de un videojuego. En esa batalla aérea gana el que tenga un piloto más hábil, lo vuele por encima del otro y descargue el explosivo. A esos dispositivos les temen todos. Los propios guerrilleros del ELN o de las disidencias de las Farc, cada vez que escuchan su ruido, se refugian bajo los árboles.

A Versalles, un corregimiento de Tibú, se llega tras un viaje de tres horas por trochas angostas, cráteres en la tierra y cultivos de plátano y cacao alrededor. Es un epicentro de la guerra de drones y fue uno de los primeros caseríos visitados por SEMANA. De las 308 familias que vivían aquí, solo quedan 60, algo más de 240 personas que se encierran a las seis de la tarde y oran al Divino Niño Jesús, el patrono del pueblo, para que no les caigan sobre sus casas las cargas explosivas que llevan los drones.

El susurro de los aparatos voladores es casi a diario y los mueven, de un lado, los guerrilleros del ELN, ubicados en uno de los filos que arropa el caserío y comandados por alias Poliare o Sofía. Del otro lado están las disidencias del frente 33 de las Farc, lideradas por Jhon Mechas.

El rosario de víctimas de los drones es grande. El pasado 22 de enero, Yofrán Camilo Quintero, un joven de 19 años, murió en la sala de su propio hogar en la vereda 20 de Julio. Allí descansaba con su padre, un hombre en condición de discapacidad, cuando recibió la onda explosiva. Su cuerpo fue velado en la sala de la casa de un vecino, encima de tablas soportadas por ladrillos, y el llanto de su papá, quien, además de las muletas, convive con las esquirlas en el cuerpo.

El 30 de diciembre del año pasado, una mujer, su esposo y dos niñas recibieron el totazo de otro dron en su casa después del almuerzo. Fue en la vereda Piamonte, a diez minutos de Versalles. El padre montó a su familia en el carro y, herido, condujo 500 metros, pero no logró avanzar más. Un vecino los auxilió y los llevó hasta Cúcuta. La mujer sigue en Tibú y, según contaron varios pobladores, no ha conseguido extraer todas las esquirlas de la mano ni de una de las piernas, ni una que se le incrustó cerca del ojo, por falta de un adecuado sistema de salud.

Ni siquiera los muertos se salvan de esta guerra aérea. Hace unos días, una bomba terminó a escasos metros de la puerta principal del camposanto y el impacto tumbó a una señora que se movilizaba en una motocicleta con un niño. En otra ocasión, un explosivo destruyó una bóveda y, luego, otro dejó un cráter en la tierra.

Las calles de Versalles espantan. Las ruinas de las droguerías, el casino, las tabernas, entre ellas la Makar, la más apetecida del pueblo, los billares, las canchas de tejo, los talleres de mecánica, entre otros negocios, confirman la magnitud de la disputa entre el ELN y las disidencias. Solo funciona un restaurante, que pasó de vender 120 almuerzos a diez desde diciembre pasado. Del asadero de pollos Nenylu solo quedó el letrero.

Tampoco funcionan la compra y venta de oro y la casa de empeño. “Compañía Alfonso Cano”, escribieron con aerosol los farianos en una de las entradas del negocio. La casa Spa Stylos, que prometía uñas acrílicas, semipermanentes, hidrataciones y repolarizaciones, no está abierta. “Serrado (sic)”, escribieron sus dueños en la puerta. En el recorrido se ven vidrios estallados, puertas abiertas, góndolas desocupadas. En Celltech, la empresa que ofrecía recargas, sim cards, formateos y accesorios de computadores, nadie atiende.

“Farc”, “Frente 33 de las Farc”, se lee en las puertas y ventanas, en las fachadas de algunos negocios arruinados. En otros, a pocos metros, el ELN también estampó su marca encima del letrero de las Farc en señal de desafío, como ocurrió en la pared de los desaparecidos y concurridos billares El Triunfo y Elián. “Se vende esta propiedad”, se lee en la fachada del primer negocio.

Otros letreros producen aún más terror y recuerdan la peor época del conflicto armado colombiano: “Minado, ojo. Peligro”, se divisa en varias puertas. Nadie se atreve a caminar entre las ruinas por temor a caer en una mina antipersona.

Tierra de nadie

Los pocos pobladores que quedan conviven con la amenaza latente. En el recorrido que hizo SEMANA se pudo constatar que no hay Ejército en las carreteras. Tampoco Policía. Sí hay un puesto de salud en ruinas, pero está cerrado. No hay médicos ni enfermeros y los heridos deben ser trasladados hasta Tibú por trochas estrechas y peligrosas. El abandono estatal es total.

La Iglesia católica es la única presente en la región. Los organismos internacionales y la Defensoría del Pueblo hacen presencia, pero no es permanente. Los pobladores, como siempre, quedan solos, expuestos a la violencia de unos y otros.

“Quisiera que viniera la prensa, la Defensoría, los organismos internacionales y estuvieran más de una semana y confirmaran que no decimos mentiras y que esto se prende de un día para otro”, le dijo a SEMANA un líder comunal que pidió la reserva de su identidad.

Lo único que persiste en Versalles son perros hambrientos que deambulan en las calles tras la huida de sus dueños.

El caserío ha sobrevivido a tres desplazamientos. El primero, el 16 de enero de 2025, cuando el ELN se metió a la fuerza a sacar a las Farc. Todos los negocios financiados por los farianos cerraron sus puertas, entre ellos un hotel de dos pisos en la mitad del pueblo, una droguería y una estación de gasolina, que está en ruinas.

En abril del año pasado, las Farc no se dieron por vencidas y retomaron el control. Y, un mes después, los elenos entraron nuevamente al pueblo. Asesinaron a un hombre frente a su casa y lo movieron por las calles, donde caminaron decenas de guerrilleros vestidos con camuflados con prendas rojas y negras.

A los grupos criminales les interesan Versalles y La Angalia, otra vereda de Tibú, porque están ubicados en un corredor con acceso directo a Venezuela y allí el ELN y las Farc tienen sus campamentos médicos. También por el control de la ruta de la coca.

El Catatumbo es el fiel reflejo de la nueva dinámica de la guerra. Algunas de sus montañas están minadas y el número de víctimas de minas antipersona va en aumento. La Defensoría del Pueblo informó que solo en 2025 se reportaron 25 hechos, que dejaron 22 víctimas en la región.

Daniel Ortega perdió su pie derecho tras pisar una mina que, extrañamente, resultó sembrada en el patio de su casa el 10 de mayo del año pasado. A él se le ve por las calles de Versalles con una prótesis artesanal que elaboró con un tubo de PVC porque se cansó de pedirle a la EPS que le subsidiara su pie metálico. El Estado tampoco lo ayudó. “Su historia es de admirar”, le dijo una de sus vecinas a SEMANA.

Hace unos meses, una pareja y un niño de 9 años se movilizaban en motocicleta entre el corregimiento de Versalles y la vereda Filoquemado y se tropezaron con una cuerda atravesada en la vía.

“Con la moto nos llevamos el hilo y se activó la mina”, contó la mujer, quien quedó con esquirlas en su pierna. Fue operada y la rodilla no responde como debe cuando camina. Además, mantiene un ruido constante en los oídos que no baja de decibel.

El niño y su pareja soportaron las esquirlas en los brazos y el último no recibió atención médica especializada. “¿Dónde está el Estado para las víctimas?”, se preguntan en el Catatumbo.

Filo gringo

A media hora de Versalles, incrustado en una montaña, está Filo Gringo, un caserío considerado durante años como uno de los principales bastiones del ELN. Por eso, el frente 33 de las Farc, desesperado por los drones que cayeron durante meses en su contra, al parecer, desde esta zona del Catatumbo, lo convirtió en blanco de un ataque que destrozó prácticamente la vereda a finales de 2025.

Una edificación de dos pisos quedó reducida a escombros porque los farianos descargaron una bomba sobre el techo. Solo quedó la estructura en cemento, sin tejas de zinc, sin ventanas ni puertas. Se mantiene el letrero del negocio Barberos ubicado en el primer piso.

“Fue un dron”, repitió un niño cuando SEMANA llegó hasta el lugar. Las Farc aseguran que era el centro de operaciones de drones del ELN, pero en Filo Gringo desmienten esa versión. El restaurante Delicias Express, uno de los preferidos del caserío y ubicado al lado, también cerró sus puertas ante el estruendo. De 500 familias, solo viven 100. Los demás huyeron y dejaron sus pertenencias. Algunas están en arriendo, ¿pero quién quiere vivir allí? SEMANA habló vía telefónica con una de las arrendatarias de una casa que resultó con los vidrios estallados tras la explosión. Insiste en que no le debe nada a nadie, que solo huyó de la violencia.

“No sé cuánto cobrar”, respondió. Pero debe rentar su casa porque paga 700.000 pesos de arriendo mensual en otra vereda y no tiene mayores ingresos. “Es mi casa, la amo, es fruto de mi trabajo. Quisiera volver a Filo Gringo, mi tierra, pero persiste el miedo”, expresó. Ella, como toda la población, carga con el peso de la estigmatización de las Farc y el ELN, cuando solo quieren vivir en paz y sin tomar partido en este conflicto.

Otra vivienda, ubicada sobre la vía principal, quedó destrozada, también sin techo, con los vidrios rotos y unas paredes que retratan las perforaciones de las balas. La edificación donde vivía el párroco del pueblo fue impactada por los fusiles y él despacha desde otra vereda. La construcción del imponente templo de la Virgen del Carmen quedó a media marcha tras la escalada de violencia.

Filo Gringo es una sola vía con casas a lado y lado, montañas verdes, desde donde brota agua constantemente, y hay un polideportivo con cubierta donde se mantienen dos vallas políticas: “Juan Carlos Quintero Sierra, paso a paso construimos el Catatumbo”, se lee en una. “Con Salcedo el Catatumbo se respeta. Cámara de Representantes, curul especial para la paz”, se observa en otra. En la cancha de baloncesto descansan los perros.

 El ELN sigue mandando en la vereda. Sus hombres se visten de civil y deambulan por los alrededores del pueblo mientras las Farc están a escasos metros y prometen retomar el control. Las comunidades que aún se mantienen en el caserío lo hacen porque no tienen a dónde irse y porque, reiteran, no toman partido en una guerra que no es de ellos. Es una guerra ajena donde ellos llevan la peor parte.

Pacelli

SEMANA también llegó hasta Pacelli, otro corregimiento de Tibú ubicado a cinco horas del municipio, un lugar privilegiado, con algo de comercio, pastos vivos y grandes extensiones de cultivos de cacao. Allí, a diferencia de Versalles y Filo Gringo, el escenario es otro: la población está organizada, hay grandes líderes que exigen respeto a los grupos armados y al Ejército. No quieren guerra y han impedido en ocasiones el ingreso del frente 33 de las Farc y del ELN. Pero saben que no tienen armas y su única voz es la palabra.

Las Farc deambularon el 15 de diciembre pasado y provocaron pánico. A una mujer embarazada se le adelantaron los trabajos de parto de sus mellizos cuando observó a la guerrilla por las calles. En el corregimiento hay un moderno centro de salud, pero no tiene médico. Y la enfermera debe atender hasta partos. En esta oportunidad esperaron varias horas y la trasladaron en una camioneta hasta Tibú, donde la madre dio a luz a Matius y Yahel, quienes viven para contar la historia. “Son un verdadero milagro de Dios que nos da esperanza”, coinciden en el pueblo.

“El centro de salud está nuevecito y no lo han entregado, pero lamentablemente tiene serios problemas de humedad”, informó Carlen Elena García a SEMANA, fundadora de la Asociación de Madres del Catatumbo por la Paz.

En Pacelli los pobladores podrían pasar hambre si el Estado no impulsa con urgencia una medida económica. El pueblo fue uno de los ejemplos en la erradicación de la coca durante el Plan Colombia, que lideró el entonces presidente Andrés Pastrana, pero la mata es la única plantación rentable en medio de la lejanía y una carretera desastrosa y abandonada por el Estado. El plátano se madura porque los caminos son de herradura y los ríos crecen constantemente e impiden el paso. La región carece de puentes y los que hay se cubren por el agua en invierno.

La guerra entre las guerrillas desterró a los compradores de la pasta base de coca y no hay quien la adquiera. No hay dinero circulando por el pueblo y, en ocasiones, las comunidades, como última opción, han tenido que cambiar el polvo por comida para sobrevivir. Los raspachines se esfumaron en su mayoría a Venezuela. De siete discotecas, solo tres se resisten a desaparecer: Marquitos, Diomedes y Pul 8. También se extinguieron las casas de cambio. Peluquerías, billares, restaurantes, panaderías, entre otros establecimientos, cerraron. Y algunos venden gasolina, que viene desde Cesar. Las ventas en general bajaron en un 50 por ciento, le dijo a SEMANA un líder conocedor del comercio.

Además, le apuestan a las vacas de leche porque tienen grandes extensiones de pasto, pero no cuentan con un programa de mejoramiento genético y no hay quien compre el lácteo.

Como si fuera poco, la venta del ganado de ceba es casi imposible a causa de las exigencias sanitarias por la aftosa porque Pacelli está ubicado en una zona de frontera con Venezuela. Definitivamente, allí no quieren vivir más de la coca y lo repiten sus moradores. Buscan proyectos, pero focalizados y pensados. Y más allá de lo que hagan los grupos armados, quieren seguir con sus vidas. Todo lo que el Estado invierta en la región es primordial, pero deberá contar con el visto bueno de las guerrillas, que tienen hasta tres retenes entre Cúcuta y Tibú y otros en el corazón del Catatumbo. SEMANA se enfrentó a dos de esos controles ilegales.

“Mucho gusto, somos la guerrilla del ELN”, se presentó un joven delgado, moreno, de 1,80 de estatura, quien detuvo la buseta de servicio público. “Por favor, desciendan del vehículo”, pidió. Vestía de civil, con jean negro y camiseta del mismo color. Tenía un arma corta escondida en la pretina de su pantalón, que quedó al descubierto cuando levantó los brazos. Otro subversivo se cercioró de que todos los ocupantes descendieran del bus, menos una mujer embarazada, que no se inmutó ante el llamado.

Esculcaron la buseta. Abrieron las maletas de los pasajeros. Preguntaron por sus contenidos. Hubo zozobra, silencio, pánico en el retén guerrillero. “¿Y los celulares?”, preguntó el subversivo. “Todo okey”, respondió el conductor. Hasta hace una semana, los guerrilleros pedían los teléfonos, revisaban sus fotos, los contactos y leían algunos mensajes. Hoy no lo hacen. Media hora adelante, en otra curva, la misma escena. Ahora fue el frente 33 de las Farc, como se identifica al guerrillero que detiene la buseta. “¿Nada extraño?”, preguntó. “Nada”, respondieron en coro los pasajeros. “Adelante”, ordenó.

Los retenes de unos y otros, a menos de 1.000 metros de distancia, forman parte del diario vivir de los habitantes en el Catatumbo, quienes se sienten desamparados por un Gobierno que habla de “paz total”. Aquí no hay paz, aquí se libra una guerra por el control territorial, y ahora a través de drones cargados con explosivos, a la que el Estado no le está prestando la debida atención. ¿Hasta cuándo el abandono?

  

Tomado de: https://www.bing.com/search?pglt=41&q=Guerra+de+drones%3A+SEMANA+recorri%C3%B3+el+Catatumbo+y+evidenci%C3%B3+la+violenta+confrontaci%C3%B3n+a%C3%A9rea+entre+las+disidencias+de+las+Farc+y+el+ELN.+La+poblaci%C3%B3n+civil+est%C3%A1+abandonada&cvid=64f07188636b46df9ef0083585a7661d&gs_lcrp=EgRlZGdlKgYIABBFGDkyBggAEEUYOTIGCAEQRRg8MgcIAhDrBxhA0gEIMjAxMGowajGoAgCwAgA&FORM=ANNTA1&PC=U531

 

NOTA

No hay comentarios:

Publicar un comentario